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Resumen
- 23/12/2006 12:49 - ¿Qué significa ser
- 24/12/2006 15:41 - Fascismo Taxonómico
23/12/2006
¿Qué significa ser
¿Qué significa ser “radical”?
Carlos X. Blanco.
http://carlosxblanco.blogia.com/
Sin que vaya a darse cuenta toda una mayoría, las conquistas en falso se fueron de la escena. Igualitarismo de razas, sexos, procedencias, lenguas e ideas. Hoy en día hablar de estos y otros igualitarismos, gritar en su defensa, se ha convertido nuevamente en “radicalidad”. Radical es la etiqueta que emplea el reaccionario para impugnar, sólo por un acto lingüístico de clasificación, a quien defiende valores que, no ha mucho, se tenían por sensatos y bien afianzados, por lo menos en ciertas partes del globo. No se le tenga miedo a este apelativo: radical, que viene de raíz. Hay que ir a la raíz. La fuente nutricia de los problemas. La solución última de una mala implantación de la sociedad, la política, la economía y la moral. Todo ello nos obliga a ir a la raíz. Cortar y extirpar: a veces no cabe otra opción si de ella viene el mal.
Volvemos a la terrible taxonomía de los seres humanos. Nuevas políticas clasificatorias: por ejemplo, “papeles-no papeles”, lo cual recuerda un poco aquella vieja práctica nazi, la división en los hombres en arios y no arios. ¿Qué ha pasado para que hayamos caído en semejante fascismo burocrático? La economía política del capitalismo no sobrevive un solo día sin perfeccionar de manera incesante sus técnicas de control, que exceden sobradamente el ámbito de las técnicas productivas.
El capitalismo “globalizado” dispone ya de los instrumentos para ejercer técnicas de control social, fascistas en esencia. Ya es posible el Fascismo Global. Franco, Hitler, Pinochet, etc., no gozaron de la alta tecnología de control sobre a) el medio simbólico en el que viven los hombres y sus conciencias, b) las relaciones de poder de unos hombres sobre otros, y de cada uno sobre sí mismo, en cuerpo y en alma. Ello es posible de una forma enteramente complementaria al control que ejercen los uniformados y los cuerpos armados, que en nombre de un estado y de la vigencia de un determinado régimen de producción, ejercen el monopolio sobre la violencia y reducen o sofocan cualesquiera estallidos de violencia alternativa que se presenten.
El régimen capitalista hubo de arraigarse en muchas etapas de la historia, y en no pocos países y regiones, haciendo uso violento de medios extraeconómicos. Las armas suelen despejar territorios vírgenes y hacer caer murallas milenarias de tradición. El capítulo marxiano de El Capital sobre “La Acumulación Primitiva” y el Manifiesto Comunista, son testimonios de esta realidad. El saqueo, la agresión imperialista y expansiva, la deportación en masa, el robo de propiedades y personas, el botín y el terrorismo de estado, todos estos procesos han sido los preludios de un modo de producción que, armónicamente, supuestamente, estaría destinado a autorregularse para la eternidad por obra y gracia de la “mano invisible”, el mercado. Un mercado en camino de volverse mercado mundial, sacrosanta institución reguladora que hizo su entrada en la historia del mundo manchado por todos los pecados originales -y contra natura- que puedan ser imaginables. La balanza sobrehumana que asignaría bienes y servicios con eficiencia probada, hubo de pisar mucha humanidad para implantarse.
En esas estamos. Los capitalistas, primero, y las corporaciones después: en hacer del mundo un gran mercado, y en la conversión universal de toda persona, cosa, utilidad, en pura, simple, desnuda mercancía. Hacer del mundo una red inmensa al servicio de unos cuantos bolsillos inflados hasta el infinito de plusvalías que cuestan vidas, salud, supervivencia ecológica, sufrimiento infinito. La producción mundial se ve supeditada a escasos intereses privados. La sociedad produce para unos pocos, y no puede producir para sí misma, para sus necesidades. No se puede secuestrar, esclavizar y privar de sus necesidades más básicas a la mayor parte de la sociedad mundial sin un refinado perfeccionamiento de las técnicas de control 1) simbólico, que fuerzan el consenso, la sumisión e incluso tuercen y violan las mentes, y control 2) político, vale decir, dominación de unos seres sobre otros y sobre cada uno mismo. Todo el gran sistema tecnocientífico mundial va siendo, cada vez más, algo que excede su condición de reservorio de conocimientos. Ya la ciencia –natural o social- no es conocimiento, o no lo es esencialmente. Ya la ciencia mundial es una trampa que permite apresar tiempo de trabajo humano, capacidades creativas y físicas del hombre, prestaciones sumisas, lúdicas y eróticas de los seres humanos, así como utilidades de la naturaleza. Hombre y naturaleza han sido objeto de “vejación” por parte de la ciencia, acorde con el más estricto plan de Francis Bacon: dominad la tierra y todas sus criaturas. También la Biblia es un antecedente de ese dominio, de ese control. Se trata de forzar y plegar todas las criaturas, humanas o no, a una voluntad de poder.
Recuperar espacios de libertad, recuperar “conquistas” no en falso, sin radicalmente, volver a los valores igualitarios, a una vida productiva al servicio de la sociedad, esto es, la recuperación del comunismo, es una tarea de la izquierda y de la contestación organizada. Se recuperan estos espacios perdidos desmontando uno a uno los mecanismos de coerción y “administración” que el capital –en nombre de la Civilización- ha ido montando desde la modernidad. Las fábricas tayloristas y fordistas se hicieron modelo para las escuelas. La propiedad sobre las mercancías, se hizo modelo de la propiedad sobre el otro en el matrimonio. La producción de las mismas, devino en modelo de la reproducción de vástagos, de la creación de objetos estéticos o placeres sensuales. El “economicismo” no consiste en una mera ideología, en un sesgo teórico que aburre y pinta de gris las más diversas ciencias humanas (comenzando por la propia economía política). Se trata, en toda su radicalidad, de un imperio que extiende su soberanía sobre las más íntimas y cotidianas prácticas de la existencia humana. Prácticas que el capitalismo (hoy, nuestra única “Civilización”) se ha encargado de sancionar, arraigar, promover, etc., condenando a todo otro estilo a la marginalidad.
Desde los márgenes y las periferias habrá de surgir un nuevo modo de vida, de relación entre los humanos, y de relación con la naturaleza. Para que ello surja, no es posible perseverar en una esquizofrenia, una escisión entre investigación y acción. Las nuevas relaciones – tendentes al comunismo- surgen llevando la contraria. Se trata de la práctica de la rebeldía. No seamos más cómplices del ecocidio, del genocidio, del infanticidio, de la conversión del humano en cosa. Y esa práctica cotidiana de la rebeldía, esa no-complicidad con el capitalismo o fascismo global implica la extensión máxima de redes de solidaridad. Por ejemplo los marxistas y los anarquistas, tantas veces enfrentados, supieron en ocasiones unir sus fusiles y su proyecto revolucionario cuando vieron frente a sí al Fascismo, común enemigo. En 1934 la Comuna asturiana sobresalió en la historia antifascista como ejemplo de unidad de acción marxista y anarquista. No siempre, casi nunca, se siguió este ejemplo. El capitalismo global en el siglo XX reacciona ante la clase obrera y las caídas de ganancia provocando guerras mundiales y regímenes fascistas locales que secuestran y desangran a la clase obrera. Y hoy, las tendencias ideológicas revolucionarias son mucho más diversas, a veces incomunicadas entre sí. Pero resulta que la debilidad de las fuerzas revolucionarias es hoy mucho mayor, porque la unidad solidaria y orgánica de los agentes del capitalismo es mucho más sólida y eficaz. Se trata del fascismo global crecido, no solo en extensión (sus tentáculos llegan a casi todos los rincones del globo, el radio de su acción es el Globo) y en intensidad (cala muy hondo en las conciencias, en los cuerpos, en el inconsciente de los seres humanos).
La Revolución contra el capital es hoy la lucha contra el Fascismo Global, e implica, junto a un sistema organizado de protestas, de lucha en la calle, en el campo, en la fábrica, y de agitación y crítica con la palabra, implica decimos, toda una reconquista de espacios por medio de una contra-técnica: contra-manipulación simbólica y contra-dominación. Todo estas contra-técnicas constituyen fisuras en la cárcel capitalista que están intentando construir en el globo, con todos nosotros dentro.
Carlos X. Blanco.
http://carlosxblanco.blogia.com/
Sin que vaya a darse cuenta toda una mayoría, las conquistas en falso se fueron de la escena. Igualitarismo de razas, sexos, procedencias, lenguas e ideas. Hoy en día hablar de estos y otros igualitarismos, gritar en su defensa, se ha convertido nuevamente en “radicalidad”. Radical es la etiqueta que emplea el reaccionario para impugnar, sólo por un acto lingüístico de clasificación, a quien defiende valores que, no ha mucho, se tenían por sensatos y bien afianzados, por lo menos en ciertas partes del globo. No se le tenga miedo a este apelativo: radical, que viene de raíz. Hay que ir a la raíz. La fuente nutricia de los problemas. La solución última de una mala implantación de la sociedad, la política, la economía y la moral. Todo ello nos obliga a ir a la raíz. Cortar y extirpar: a veces no cabe otra opción si de ella viene el mal.
Volvemos a la terrible taxonomía de los seres humanos. Nuevas políticas clasificatorias: por ejemplo, “papeles-no papeles”, lo cual recuerda un poco aquella vieja práctica nazi, la división en los hombres en arios y no arios. ¿Qué ha pasado para que hayamos caído en semejante fascismo burocrático? La economía política del capitalismo no sobrevive un solo día sin perfeccionar de manera incesante sus técnicas de control, que exceden sobradamente el ámbito de las técnicas productivas.
El capitalismo “globalizado” dispone ya de los instrumentos para ejercer técnicas de control social, fascistas en esencia. Ya es posible el Fascismo Global. Franco, Hitler, Pinochet, etc., no gozaron de la alta tecnología de control sobre a) el medio simbólico en el que viven los hombres y sus conciencias, b) las relaciones de poder de unos hombres sobre otros, y de cada uno sobre sí mismo, en cuerpo y en alma. Ello es posible de una forma enteramente complementaria al control que ejercen los uniformados y los cuerpos armados, que en nombre de un estado y de la vigencia de un determinado régimen de producción, ejercen el monopolio sobre la violencia y reducen o sofocan cualesquiera estallidos de violencia alternativa que se presenten.
El régimen capitalista hubo de arraigarse en muchas etapas de la historia, y en no pocos países y regiones, haciendo uso violento de medios extraeconómicos. Las armas suelen despejar territorios vírgenes y hacer caer murallas milenarias de tradición. El capítulo marxiano de El Capital sobre “La Acumulación Primitiva” y el Manifiesto Comunista, son testimonios de esta realidad. El saqueo, la agresión imperialista y expansiva, la deportación en masa, el robo de propiedades y personas, el botín y el terrorismo de estado, todos estos procesos han sido los preludios de un modo de producción que, armónicamente, supuestamente, estaría destinado a autorregularse para la eternidad por obra y gracia de la “mano invisible”, el mercado. Un mercado en camino de volverse mercado mundial, sacrosanta institución reguladora que hizo su entrada en la historia del mundo manchado por todos los pecados originales -y contra natura- que puedan ser imaginables. La balanza sobrehumana que asignaría bienes y servicios con eficiencia probada, hubo de pisar mucha humanidad para implantarse.
En esas estamos. Los capitalistas, primero, y las corporaciones después: en hacer del mundo un gran mercado, y en la conversión universal de toda persona, cosa, utilidad, en pura, simple, desnuda mercancía. Hacer del mundo una red inmensa al servicio de unos cuantos bolsillos inflados hasta el infinito de plusvalías que cuestan vidas, salud, supervivencia ecológica, sufrimiento infinito. La producción mundial se ve supeditada a escasos intereses privados. La sociedad produce para unos pocos, y no puede producir para sí misma, para sus necesidades. No se puede secuestrar, esclavizar y privar de sus necesidades más básicas a la mayor parte de la sociedad mundial sin un refinado perfeccionamiento de las técnicas de control 1) simbólico, que fuerzan el consenso, la sumisión e incluso tuercen y violan las mentes, y control 2) político, vale decir, dominación de unos seres sobre otros y sobre cada uno mismo. Todo el gran sistema tecnocientífico mundial va siendo, cada vez más, algo que excede su condición de reservorio de conocimientos. Ya la ciencia –natural o social- no es conocimiento, o no lo es esencialmente. Ya la ciencia mundial es una trampa que permite apresar tiempo de trabajo humano, capacidades creativas y físicas del hombre, prestaciones sumisas, lúdicas y eróticas de los seres humanos, así como utilidades de la naturaleza. Hombre y naturaleza han sido objeto de “vejación” por parte de la ciencia, acorde con el más estricto plan de Francis Bacon: dominad la tierra y todas sus criaturas. También la Biblia es un antecedente de ese dominio, de ese control. Se trata de forzar y plegar todas las criaturas, humanas o no, a una voluntad de poder.
Recuperar espacios de libertad, recuperar “conquistas” no en falso, sin radicalmente, volver a los valores igualitarios, a una vida productiva al servicio de la sociedad, esto es, la recuperación del comunismo, es una tarea de la izquierda y de la contestación organizada. Se recuperan estos espacios perdidos desmontando uno a uno los mecanismos de coerción y “administración” que el capital –en nombre de la Civilización- ha ido montando desde la modernidad. Las fábricas tayloristas y fordistas se hicieron modelo para las escuelas. La propiedad sobre las mercancías, se hizo modelo de la propiedad sobre el otro en el matrimonio. La producción de las mismas, devino en modelo de la reproducción de vástagos, de la creación de objetos estéticos o placeres sensuales. El “economicismo” no consiste en una mera ideología, en un sesgo teórico que aburre y pinta de gris las más diversas ciencias humanas (comenzando por la propia economía política). Se trata, en toda su radicalidad, de un imperio que extiende su soberanía sobre las más íntimas y cotidianas prácticas de la existencia humana. Prácticas que el capitalismo (hoy, nuestra única “Civilización”) se ha encargado de sancionar, arraigar, promover, etc., condenando a todo otro estilo a la marginalidad.
Desde los márgenes y las periferias habrá de surgir un nuevo modo de vida, de relación entre los humanos, y de relación con la naturaleza. Para que ello surja, no es posible perseverar en una esquizofrenia, una escisión entre investigación y acción. Las nuevas relaciones – tendentes al comunismo- surgen llevando la contraria. Se trata de la práctica de la rebeldía. No seamos más cómplices del ecocidio, del genocidio, del infanticidio, de la conversión del humano en cosa. Y esa práctica cotidiana de la rebeldía, esa no-complicidad con el capitalismo o fascismo global implica la extensión máxima de redes de solidaridad. Por ejemplo los marxistas y los anarquistas, tantas veces enfrentados, supieron en ocasiones unir sus fusiles y su proyecto revolucionario cuando vieron frente a sí al Fascismo, común enemigo. En 1934 la Comuna asturiana sobresalió en la historia antifascista como ejemplo de unidad de acción marxista y anarquista. No siempre, casi nunca, se siguió este ejemplo. El capitalismo global en el siglo XX reacciona ante la clase obrera y las caídas de ganancia provocando guerras mundiales y regímenes fascistas locales que secuestran y desangran a la clase obrera. Y hoy, las tendencias ideológicas revolucionarias son mucho más diversas, a veces incomunicadas entre sí. Pero resulta que la debilidad de las fuerzas revolucionarias es hoy mucho mayor, porque la unidad solidaria y orgánica de los agentes del capitalismo es mucho más sólida y eficaz. Se trata del fascismo global crecido, no solo en extensión (sus tentáculos llegan a casi todos los rincones del globo, el radio de su acción es el Globo) y en intensidad (cala muy hondo en las conciencias, en los cuerpos, en el inconsciente de los seres humanos).
La Revolución contra el capital es hoy la lucha contra el Fascismo Global, e implica, junto a un sistema organizado de protestas, de lucha en la calle, en el campo, en la fábrica, y de agitación y crítica con la palabra, implica decimos, toda una reconquista de espacios por medio de una contra-técnica: contra-manipulación simbólica y contra-dominación. Todo estas contra-técnicas constituyen fisuras en la cárcel capitalista que están intentando construir en el globo, con todos nosotros dentro.
23/12/2006 12:49 Autor: carlosxblanco. Enlace permanente. Tema: MARXISMU No hay comentarios. Comentar.
24/12/2006
Fascismo Taxonómico
Fascismo taxonómico.Carlos X. Blanco.
http://carlosxblanco.blogia.com/
Vuelve el fascismo “taxonómico”. No todos los seres humanos son iguales en cuanto a derechos, dice el nuevo discurso. Sí, este es hoy el discurso imperante. Se gesta, se expande, se multiplica. ¿Cuántos periódicos y noticieros hablan de “extra-comunitarios”, “sub-saharianos”, “ilegales”...? ¿Y qué decir de la violencia de “género”, en vez de violencia “contra las mujeres? Que en esas etiquetas taxonómicas desaparecen los seres humanos individuales de carne y hueso, es evidente. También resulta obvio que el ciudadano investido de determinados privilegios y que no figura dentro de esas etiquetas siente alivio momentáneo en un mundo de angustia colectiva y programada. ¡Uf, menos mal que no soy uno de esos! El gobierno mundial de este caos exige la consolidación paulatina de seres “dentro” y seres “fuera” del sistema productivo. En el capitalismo clásico, la exterioridad absoluta consistía en la carencia de empleo. Bajo una bipolaridad fundamental entre patronos y proletarios, el no va más del paria en una sociedad de masas asalariadas, era el parado. Es cierto que había periferias coloniales, explotación racista, esclavitud. Pero la maquinaria capitalista de las metrópolis soñaba (y el sueño de una maquinaria se llama “Progreso”) con absorber en el límite todas esas anormalidades bajo un único dualismo fundamental, explotadores y explotados, que podría algún día difuminar toda otra etiqueta.
Pero el futuro no fue “progresista”. Hoy hay mil maneras de explotar al ser humano, y no ya explotar sino confinar, estabular, segregar, operaciones éstas que, realizadas a imagen y semejanza de la ganadería doméstica, convierten la explotación estrictamente económica, el “aprovechamiento” de las fuerzas, las almas y los cuerpos humanos en una cuestión secundaria y menor. Tras el “éxito” ontológico de hacer de menos a determinados grupos humanos, la situación marxiana clásica del “proletario universal” queda difuminada totalmente, y exige minuciosos análisis con lupa. En la metrópolis europea y norteamericana del capitalismo industrial incipiente, era preciso el aporte del emigrado interior o exterior, pero básicamente homogéneo en cuanto a características culturales y religiosas. Bastaba con una separación entre los medios de producción y los productores para que esa masa humana se pusiera a la venta de su fuerza de trabajo. Ese dato económico estricto, el no poseer sus propios medios de producción salvo la propia fuerza corporal y psíquica para producir, y venderla por horas, era el único que los calificaba y, eventualmente les valía para que la burguesía compradora de su fuerza de trabajo les hiciera de menos.
Pero el proletariado, igual que el capital, colonizó los demás continentes. Los antiguos esclavos, indígenas, nativos diversos, y criollos empobrecidos, se volvieron “proletarios universales”. Desde sus viejas servidumbres o autarquías, pasaron a ser vendedores de su fuerza de trabajo, y víctimas de la explotación capitalista en toda regla. El capital no supo de mares ni de otras barreras o fronteras. Y con el tiempo (sólo es cuestión de tiempo), los nuevos proletarios oferentes de su fuerza para producir, tampoco. El capital derribó la muralla china, y rompió el bloqueo de los puertos más proteccionistas, como decía el Manifiesto Comunista, pues fácilmente el capital dirige sus cañones y envía sus flotas allá donde haga falta. El telón de acero y muchas fronteras al capitalismo transnacional han caído en fechas muy recientes. Pero, una vez agujereadas las fronteras el proletario acude, como las moscas a la miel, al encuentro de los grandes emporios de la acumulación y de la “buena vida”. Ahora, los cuarteles generales de la “buena vida” burguesa tiemblan ante la pérdida posible de su amado bienestar. Nidos de ametralladoras, alarmas, láser, vigilancia por satélite, brazaletes preventivos. ¿Cuánto nos quedará por ver en este capitalismo opulento a la defensiva? Un aumento en los gastos de “seguridad”, como se denomina eufemísticamente a esa violencia latente y oficial contra el pobre. Pero hay un arma defensiva extremadamente barata y eficaz: el prejuicio, el fascismo taxonómico.
Ellos y nosotros. Ellos, que no son como nosotros. Ellos, que no merecen lo que nosotros. Ellos, sin los cuales estábamos muy bien. Ellos, que si vienen a trabajar duro, y en pequeños cupos, valen, pero que si no, los habrá que deportar. Ellos, que si se salen de la raya, sólo merecerán la mano dura. Ellos. Ellos.
Resulta muy fácil inmunizarse con valores democráticos. Hay todo un vocabulario para políticos y para gente políticamente correcta. Integración. Tolerancia. Diálogo de Civilizaciones. Bla. Bla. Bla. En la recámara se esconde el cálculo empresarial cruzado con las cuentas del Ministerio del Interior. ¿Qué cupo de gente asumimos para generar plusvalía, sin que debamos invertir demasiado en fuerzas represivas? Hay un numerador y un denominador, pero siempre la avaricia –el cálculo empresarial- acabará rompiendo el saco. Quizá la fórmula matemática sea mucho más compleja que la aquí insinuada, pero siempre contendrá el tira y afloja dialéctico entre las dos cuestiones mencionadas. Los “progresistas”, incluso cuando hablan de otra índole de inversiones –educativas, sociales, sanitarias- tendentes a la integración de Ellos, las tienen calculadas (y sin demasiada convicción) bajo la óptica del ahorro en fuerzas represivas, ahorro en gendarmes o guardias civiles. Un maestro me ahorra cien gendarmes. Una escuela me ahorra un par de cárceles. Pero este progresismo “preventivo” es el epítome de la mentalidad carcelaria y represiva misma. Es la miseria del programa revolucionario de la modernidad, de esa “Mayoría de Edad del Hombre” que señalaba Kant al ver en su época el auge de la Ilustración. Los ideales ilustrados o, sencillamente modernos, de la igualdad, del derecho civil en ausencia de privilegios, de racionalidad y dignidad del hombre sin excepción ni alienación posibles... los ideales se han puesto, bajo el molino triturador del capital, al servicio de los mecanismos represivos de ese capital “globalizado”, que en su desarrollo último significa Fascismo Global. Ahora a la Declaración Universal de los Derechos Humanos quieren convertirla en un manual de “guerra santa”. Con todos los textos sagrados hacen lo mismo. Sirven para ir contra Ellos, los invasores. Ellos, que no hablan en cristiano, que nos robarán trabajo, parejas y bienes, que nos robarán incluso nuestras “conquistas” ilustradas y socialdemócratas con sus velos, ablaciones de clítoris y demás cosas raras. Paradójicamente, Europa no cree que sus Derechos tan caros (en el doble sentido, económico y sentimental) sirvan para Ellos, los nuevos bárbaros. Eran Universales al proclamarse en la ONU en 1948 mientras cada pueblo se mantuviera tranquilito en su casa. Ahora han venido en masa hasta aquí: ¡Esto es intolerable! No tienen derecho a hacernos sentir mal.
24/12/2006 15:41 Autor: carlosxblanco. Enlace permanente. Tema: MARXISMU No hay comentarios. Comentar.






